LA SALPASA: Una tradición que se celebraba el miércoles de la Semana Santa

pepe-sanchisPor. Josep Sanchis Martínez
Este acto era tradicional en todo el territorio de la Comunidad Valenciana. Por los datos que ha podido recoger en la ciudad de Xàtiva el autor del presente articulo, de entre personas que actualmente han sobrepasado los ochenta años de edad, algunos de ellos vecinos de la parroquia de La Merced y Santa Tecla, recuerdan su desaparición en el transcurso de la década de los años treinta del siglo XX.

En otras poblaciones de las comarcas de La Costera y de La Vall d’Albaida, como La Llosa de Ranes, Vallada, Barxeta o El Genovés, hay gente que sitúa esta celebración hasta la década de los pasados sesenta, e incluso, en Alcudia de Crespins y La Pobla del Duc, dejó de celebrarse entre los años setenta y ochenta, coincidiendo con el cambio del sacerdote de la parroquia, bien por jubilación o por traslado de estos. Según otras versiones la desaparición se produce progresivamente desde la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965), donde las decisiones pastorales adoptadas provocaron un cambio en la mentalidad de los católicos, ahora más exigentes en la vivencia de la fe.

Donde ha perdurado más recientemente ha sido en la población de Fontanars dels Alforins, en el extremo oeste de la comarca de la Vall d’Albaida, que ha mantenido su vigencia en tiempos de Don Antonio, el sacerdote de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, el cual visitaba las casas y masias del término municipal de donde regresaba a la iglesia con muy generosas dádivas en especie que le entregaban en su visita a los hogares familiares, los parroquianos y parroquianas.

La ceremonia se celebraba el Miércoles Santo, aunque algunas poblaciones la prolongaban durante dos días, comenzando el martes de Semana Santa debido esto a que las visitas a todas y cada una de las casas de los feligreses de las localidades más pobladas que eran atendidas por un solo sacerdote, comportaba la dedicación de muchas horas para llevarlas a término. Aunque menos frecuente, existían lugares, donde se constata esta celebración en Sábado de Gloria, y también otros que la llevaban a cabo el día de Pascua de Resurrección.

El acto en si consistía en la visita, casa por casa, del sacerdote de la parroquia acompañado por dos o más monaguillos con la finalidad de bendecir los hogares de los feligreses. El sacerdote, en Xàtiva, al entrar en ellos iniciaba la ceremonia con estas palabras en valenciano: Deu beneixca esta casa i els seus habitans. Llevaba en su mano derecha el salpasser, un instrumento que servia para esparcir el agua bendita, que normalmente se suele utilizar en los entierros, consistente o bien en un manojo de pelos atados a un mango o también un recipiente redondo hecho de latón que en su interior lleva una esponja, el cual al movimiento firme de la mano, salpica el agua que contiene; en la mano izquierda llevaba un crucifijo. Salían estos sacerdotes de la Iglesia vestidos con sotana, el roquet, un sobrepellís de mangas cortas y la estola, un ornamento sagrado que se llevaba colgado al cuello para la ceremonia, el cual también se suele usar en otras funciones litúrgicas.

Los monaguillos que le acompañaban iban provistos de unas campanillas para anunciar con su tintineo el paso de la comitiva; también llevaban unas cestas para colocar los huevos que los feligreses iban ofreciendo. Delante de ellos solía formarse un pequeño grupo de niños que producían gran alboroto al tiempo que golpeaban las puertas y paredes de las casas que encontraban cerradas cuando se las visitaba; para ello iban provistos de unas mazas de madera, provocando, en no pocas ocasiones, la reacción de los propietarios que salían de sus hogares a reñir a los niños; todo esto se hacía mientras los pequeños entonaban la canción:

El repiquet de les masetes,
per a què son bones?.
Per a repicar
perols i casoles!.
Ous ací, ous allà,
bastonades al sacristà!.
Ous a la pallisa,
bastonades a la Lluïsa!.
Ous al ponedor,
bastonades al senyor rector!.
Ous a l’armari,
bastonades al vicari!.

El final de la canción podía variar según qué lugares, entonándose también esta otra estrofa:

El Pare Vicari,
tancat dins l’armari,
jugant a pilota
i resant el rosari.

En los textos que se entonaban predominaba un cierto sentido ácrata y anticlerical, pero la gente no lo tomaba a mal al no apreciarse malicia en los niños que los interpretaban.

El día de la visita, se acondicionaba el interior de las casas de manera especial, realizando sus moradores la limpieza a fondo de toda ella y en particular de los rincones. A la entrada se colocaba una mesa cubierta con la mejor de las mantelerías bordadas que tenía la anfitriona y encima un vaso de agua, un salero o plato con sal y generalmente una huevera con su huevo, y si lo permitía la economía familiar se disponía una cesta con unos cuantos huevos, aunque algunos vecinos la substituían por harina, trigo u otro alimento e incluso por monedas de curso legal. Los monaguillos eran quienes pasaban un pellizco de sal al vaso de agua y el sacerdote al bendecirla, la esparcía por los rincones de la casa.

En otros casos, la ceremonia se realizaba cogiendo el sacerdote el vaso de la mesa, cambiándolo, a un recipiente que él traía desde la Iglesia con agua bendita y al mezclarse el agua volvía a llenar el vaso, utilizándola para la bendición de la casa; del mismo modo se actuaba con la sal que era mezclada con la que portaba el cura en un saco, tomando una cucharada del plato introduciéndola en el saco y reponiéndola al lugar de origen con lo que se incorporaba la bendecida a la que, en provisión para todo el año, tenían las amas de casa en su cocina. Terminada la ceremonia la familia besaba el crucifijo que llevaba el sacerdote, mientras los feligreses permanecían arrodillados.

En otros pueblos era uno de los monaguillos quien llevaba una bandeja con sal, que era manipulada por el sacerdote junto con el agua bendecida para dársela a los animales domésticos, con la fe y esperanza que se mantuvieran sanos durante todo el año.

Al despedirse del sacerdote, los propietarios de la casa visitada solían obsequiarlo con los huevos que había dentro de la cesta, el trigo, la harina, el arroz, u otro alimento cualquiera que tuvieran en la despensa. Hay que tener en cuenta que la ceremonia de la Salpasa en aquellos pueblos pequeños con masías y casas esparcidas por el término, se hacía más complicada para el sacerdote y los monaguillos debido a las grandes distancias a recorrer y el tiempo que se invertía en ello, pero los obsequios solían ser más sustanciosos por ser producto directo de sus cosechas y del propio corral.

Con los obsequios recibidos, según cuentan los vecinos, el sacerdote de la Parroquia de La Merced de Xàtiva, procedía a repartirlos entre las personas pobres y necesitadas del barrio. Otros sacerdotes, como el de La Llosa de Ranes, por disponer de mucho género, vendía los excedentes de huevos recogidos a unas vendedoras de éstos que habitualmente llegaban al pueblo con dicha finalidad, transformándolos así en recursos económicos para el mantenimiento de la Parroquia de La Natividad.

Con el paso del tiempo las tradiciones suelen sufrir ligeras modificaciones como consecuencia de las peculiaridades que cada comunidad y generalmente sus protagonistas incorporan al acto, deduciéndose de ello el hecho de que los testimonios recogidos para confeccionar esta recopilación sobre La Salpasa en La Costera y La Vall d’Albaida, varían en algunos aspectos según poblaciones, aunque no substancialmente en su esencia y fundamento.

Así, en La Pobla del Duc, el Ayuntamiento, el alguacil y el monaguillo llamaban a los vecinos del pueblo con el reclamo de Llimosna per al Monument!. Con las donaciones se compraba la cera y se atendían los diversos gastos que producían los actos y las procesiones de la Semana Santa poblana.

– Text:
“Fiestas y tradiciones de Xàtiva. Premi Assaig i Investigació Carlos Sarthou 1999. Ajuntament de Xàtiva. Josep Sanchis Martínez-Lourdes Boluda Perucho. Matéu Impesores. Xàtiva 2000
– Fotografies:
Procedents de reds socials en Internet: Facebook.

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